Hacia el jardín – Julián Gómez

Fotografías: Julián Gómez / Miguel Borreguero

Desde sus inicios, Julián Gómez (Cáceres, 1966) no ha dejado de actuar como quien cultiva un jardín. Intervenciones como Jardín vertical, Green Pool o su serie dedicada a las Ventanas ya mostraban, desde el minimalismo, una profunda filiación paisajística. Pero en su actual exposición, titulada Hacia el Jardín, se introduce plenamente en formas y conceptos que toman lo natural como material poético. Su actitud, como la de muchos artistas sabios, es humilde, sencilla, terapéutica: escucha la espotaneidad de lo que nace para trazar el perímetro del mundo, desde una fragilidad siempre feliz.

Hacia el jardín es un proceso, un modo de estar en el mundo. Podemos imaginar a Julián Gómez habitando las páginas que Hölderlin escribiera en Hiperión: “su corazón se sentía en casa entre las flores, como si fuera una de ellas”, imaginarlo junto a las diversas floraciones de mylar que aparecen, en diferentes lugares del museo, cuidando su forma, su color, su tacto, su brillo, y darnos cuenta de que su belleza es, sobre todo, una belleza del cuidado. En su libro Loa a la tierra. Un viaje al jardín, Byung-Chul Han escribe: “en alemán, schonen, “tratar con cuidado” está emparentado etimológicamente con das Schöne, “lo bello”. Lo bello nos obliga, es más, nos ordena tratarlo con cuidado”. Julián Gómez se hace presente cuidadosamente, siguiendo a artistas como Wolfgang Laib o Lee Ufan, para facilitar la belleza, cultivando sin imponer con la neomateria generada por el hombre, como ya hiciera Olafur Eliasson, una zona de contemplación, amistad y respeto hacia lo que nos rodea. Aquí las hojas doradas despiertan (en chino hoja y cabeza son sinónimos), crecen en la arquitectura inerte para hacer que lo orgánico irradie discretamente y reine con su timidez. No es extraño recordar en las piezas de Julián Gómez al botánico Wilhelm Pfeffer, quien fotografiaba el florecimiento de las plantas y después proyectaba los fotogramas acelerados, mostrándolas como seres animados. Y es que, en Hacia el jardín, todo permanece en un estado intermedio de crecimiento. Las esculturas de latón se asemejan a flores gigantescas, pero nunca llegan a serlo del todo. El brillo del material, expuesto a los cambios climáticos y a los ciclos naturales, sugiere formas botánicas, pero también existencias abstractas venidas del espacio exterior, que están ante nosotros como una tirada de dados mágica, extraña, extravagante, y que necesitan la luz para abrir su apariencia refinada, un encantamiento que fluye en lo asimétrico. Podría decirse que Julián Gómez trabaja sobre el ideograma chino 王 (wang), que, según Mario Satz, conecta la tierra, el hombre y el cielo en un equilibrio inspirado, podando cuidadosamente el ser, como un armonioso ejercicio de ikebana, para dejar, en nosotros, nuevos espacios y tiempos por habitar.

Quien ama su jardín no solo cuida los espacios centrales. También los que permanecen semiocultos, aquellos en los que nadie repararía. Por eso, en una de las zonas del museo, Gómez ha convertido un estanque en desuso en una zona de agua donde reinterpreta el jardín seco japonés como un estallido de color. Piedras de alabrastro y una superficie de hojarasca multicolor realizada con plástico nos recuerda a las figuras de Widmanstätten aparecidas en el meteorito Willamette, tal vez, como señala Roger Callois, “los únicos dibujos que el hombre conozca que no sean terrestres”. Casi podríamos hablar, junto a Gilles Clément, de un tercer paisaje, un paisaje que quiere perder el dominio humano y abrirse a otros modos de ser, menos violentos, más discretos, más cuidadosos, más amigables, más empáticos y afables. Un jardín donde las hojas, como píxeles inocentes, recobran una nueva materialidad junto a las piedras, acercándonos a un paisaje táctil que debemos recorrer no solo con los ojos, sino también con el cuerpo, en un aquí y un ahora intensivo y benefactor.

Por último, en la Casa de los Caballos, el artista continúa su paso atrás, su continuo aligeramiento del ser. La sala de exposiciones (una mónada de Leibniz, sin puertas ni ventanas) se abre al exterior del jardín. La solidez metafísica se vacía. Decrece. Se calma. Poéticamente, la totalidad se retrae. Las formas de color flotantes en los metacrilatos blancos anuncian un nacer de la levedad, una blancura que respeta el amor por los matices infinitos. La luz pasa entre las esculturas, se curva, se transforma, se impulsa, respira. Deja el crecimiento y el querer en otra parte. El jardín está ahí, y sigue conservando su secreto inagotable. Si María Zambrano o Heidegger pasearan entre estas piezas, pensarían en el estado naciente, en el des-ocultamiento, en la presencia débil envuelta una ausencia que también acontece. Pensarían en Julián Gómez como mensajero meditativo de un modo de vivir confiado, que ignora la velocidad y que se abre a la paciencia, a la lentitud, a la sabiduría del musgo, indicándonos, como Voltaire, el camino hacia una “jardinosofía” del bienestar tan necesaria para nosotros, la de cultivar nuestro propio jardín.

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