El mundo no ha huido todavía (Alejandro Corujeira en Galería Kernel)

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Nadie puede ocultar por mucho tiempo la desteñida biblioteca del corazón. A nadie le es posible mantenerse despierto en las citas puntuales de la vigilia, como si el pensamiento fuera un metrónomo de coincidencia con la verdad. Es mejor reconocer que las líneas pueden desvanecerse como la ceniza, el abecedario y las nubes, que las experiencias pueden ser borradas como cardiogramas de ausencia, o que las palabras pueden cruzar, con la lentitud del equilibrista, al otro lado, sobre pentagramas tendidos en la nada. Alejandro Corujeira lo sabe. Conoce que cada cotidianidad escribe su partitura en indicaciones abiertas semejantes a neumas musicales. Sabe que el instante sólo se deja aconsejar por ritmos y arritmias hermanados con una existencia naciente. En ella los habitantes de la soledad han recibido la infantil llamada del lenguaje. Un secreto que es preciso escuchar. Para este particular creador todo sucede en la pequeñez de un dialecto poético mesurado, cuando estamos ajenos a los metalenguajes de la síntesis y a la moderna abstracción racionalista. Toda zona de posibilidad abierta por la historia es para Corujeira, como la abstracción y sus nombres, un iglú luminoso del sur desde el que salir a pasear por horas de resonancias debilitadas, por cruces de caminos donde rencuentra, como a personajes de un teatro de sombras, algunos amigos del silencio, como John Cage, Agnes Martin, Richard Tuttle, Morton Feldman, Mark Rothko, Cy Twombly, Henri Michaux o Giorgio Griffa. Pero los rastros de su tránsito no pueden ser destruidos en su singularidad por la repetición. Los mil rostros del otro inauguran un espacio de acogimiento que quiere ser ensanchado, renombrado, vivido. Todas las cosas ciertas de la historia en el color incierto del relato. (…)

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