Multitudes

Comienzan a poblarlo todo. Podría hablarse de hordas, de manadas, de bandadas, de jaurías, de bancos, de grey, de camadas, de enjambres. Podría hablarse de átomos, de moléculas, de partículas, de conjuntos, de agrupamientos, de indeterminaciones, de letras, de piedras, de montones, de granos de arena, de acumulaciones de polvo, de crecimientos sincronizados, de vecindad de pluralidades, de proximidad de potencias, de infinitudes asimétricas, de profusiones discontinuas, de anti-totalidades post-uterinas. Sobre la mesa de operaciones de los quirófanos modernos, los guantes inmateriales de la asepsia conceptual podrían continuar hablando con los esquemas de la generalidad para ocultar el acontecimiento, extrayendo, una y otra vez, la esencia, las semejanzas y las identidades, destilando, en todos los casos, el núcleo secreto de los caracteres. Podría ser así. Pero hay que descender, porque cualquier definición merece su pasión indefinida, su zona de accidente, su impacto, su abismo y su incineración. Todo pensamiento debe escuchar el corte de su propia guillotina. El silencio también debe ser apaleado en la intimidad, hasta que dejemos de habitar la casa del poder y hasta que realicemos el movimiento mínimo de estar junto a los otros. (…)

Multitudes (descrito ediciones)

Fragmento de texto crítico sobre Multitudes, de Miguel CorellaProfesor de Estética y Arte Contemporáneo en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Politécnica de Valencia:

“Este libro sobre la multitud no busca pues definir el concepto con claridad y distinción, sino que simplemente lo nombra una y otra vez para escuchar su resonancia. En lo múltiple resuena lo diverso y lo diferente, la diferencia misma. ¿Qué une a esos múltiples singulares que pueblan el planeta, que deambulan por las calles de nuestras ciudades o que navegan en internet? Nada más que la igualdad radical en su diferencia, pues nada les une más que su presencia a un tiempo o el hecho de que ocupan un espacio en el que no podemos imponer jerarquías. Nada en común más que el estar inevitablemente unidos por una compleja trama de relaciones. Nada que compartir más que el deseo de hacerlo.

El libro que el lector tiene en sus manos es él mismo un libro compartido: entre dos autores y también entre dos formas de decir, la escritura y el dibujo. Dibujos que dicen y letras que imaginan, las dos ensayan juntas, pero cada una a su manera, un decir poético sobre la multitud. Poético porque deliberadamente renuncian a la exactitud tiránica del concepto y se mueven en el ámbito de la evocación. Letra e imagen componen también una especie de composición musical en la que una resuena en la otra y escucha el eco que provoca. Ambas están sometidas a un mismo ritmo in crescendo que se hace más evidente en los dibujos de José Delgado Periñan. Estos comienzan con una sola figura que se va multiplicando: primero un punto, luego un punteo, un frente que empuja, una corriente que fluye, una masa que crece y se ramifica. Al final esta multitud de singulares forma estructuras orgánicas que crecen en rizoma, como crecen las células para formar tejidos, por contacto, por contagio; como crecen las ramas o las espirales.

También el texto de Miguel Fernández Campón va creciendo desde la primera afirmación, en cierto sentido solitaria e impotente, hacia el final de un entusiasmo compartido. Comienza constatando la dificultad de dar cuenta de la multitud y lo inapropiado que resultan las explicaciones sociológicas empeñadas en reducir la experiencia a sus causas, antecedentes o consecuencias. Comprender aquí no puede consistir en someter a concepto a fuerza de eliminar las diferencias, sino en una apertura a la diversidad. Es algo que no puede hacerse con la asepsia de la disección ni con la distancia de la contemplación y debe consistir en una comprensión implicativa. La multitud se dibuja entonces como algo en constante movimiento, compuesto por pluralidad de acontecimientos; algo que más que ser está siempre en un aquí y ahora; algo a lo que conviene el verbo ir más que el verbo ser. En su movimiento la multitud es materia viva. Este significante, vida, vitalidad se va desplegando en una cadena de asociaciones poéticas y así la multitud se nos presenta como risa y euforia o como población y repoblación, en un crecimiento que todo lo inunda. Finalmente, el movimiento muda hacia metáforas musicales y se convierte en danza y música, compuesta de sonidos, murmullos o estruendos. El ritmo se revela de este modo como otro significante adecuado a la multitud, hecha de la repetición de singulares, de la multiplicación de puntos y del agregado de voces. Miguel F. Campón recorre en su texto las principales metáforas con que la tradición ha ido construyendo el concepto de multitud: campo de trigo, bosque, mar de olas, cuerpo, espiral… imágenes que han pretendido recortar la figura fantasmal de lo que no tiene rostro ni silueta.

Partiendo de la incapacidad de decir de una vez lo que se dice de innumerables maneras el libro acaba en una cascada de declaraciones esperanzadas. Confía finalmente en que el cielo inalcanzable se pone a nuestro alcance cuando lo reducimos a simple espacialidad, es decir, a la suma de uno más uno que configura un “todos los demás”. Frente al miedo, la multitud afirma el amor. Frente al malestar que siempre genera el contacto y el roce con el otro, este libro nos amina al goce en la proximidad y a sumergirse en la indistinción multitudinaria. En las últimas páginas este entusiasmo se traduce casi en una consigna política, convencido de que nuestros días son los de la ocasión o la oportunidad para una decisión libre y valiente”.

Valencia, 2016