Superficies antiesenciales: el gusto posmoderno por la suspensión del gesto hermenéutico

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¿Cómo podríamos definir el gusto en nuestras sociedades posmodernas? ¿Sería legítimo, después de todo, plantearnos la cuestión de la definición de «gusto»? Tras el desenmascaramiento de los grandes relatos de la Modernidad, solo estamos en disposición de emitir narraciones desfundamentadas, que manifestaran su debilidad no dogmática a partir de la aceptación de una ontología estética, pluralista, no unívoca, que pudiera mostrar algunas zonas de frecuencia de acontecimientos y, en nuestro caso, de acontecimientos denominados estéticos. Lyotard definiría la posmodernidad como «aquello que alega lo impresentable en lo moderno y en la presentación misma; aquello que se niega a la consolación de las formas bellas, al consenso de un gusto que permitiría experimentar en común la nostalgia por lo imposible; aquello que indaga por presentaciones nuevas, no para gozar de ellas sino para hacer sentir mejor que hay algo que es impresentable». Quizá nuestra época posmoderna, en la que el sentido común estético ha implosionado ante el disenso, sea la época del hacer saber lo impresentable, la época que posee como particularidad diferencial el gusto por el esfuerzo para manifestar que, después de todo, hay algo que no es posible presentar. ¿Cómo, entonces, se sitúan los espectadores, los lectores, los intérpretes ante las obras de arte? ¿Es posible, hoy, estar situados, encaminados hacia la interpretación? ¿Qué sucede con la comprensión y con el sentido ante las obras en la actualidad? (…)

 

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